No pretendo molestaros

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Yui Shin

domingo, 20 de mayo de 2018

VIVIENDO EL BUENISMO

          A veces, nos preguntamos el por qué las tentaciones o las miserias en las vidas de los Maestros, fueron tan terribles, tan intensas, tan difíciles de aguantar.
          Quizás olvidados, de que la mayor tentación que es soportada es la de Dios, que pone su Creación equidistante del Cielo y el Infierno, siendo Él su propia Creación.
          Nosotros en cambio, pensamos que las dificultades, los sufrimientos, las tentaciones son innecesarias, a pesar que lo que somos se lo debemos a la evolución de adaptarnos a las dificultades o pruebas.
          Es esa bacteria o principio de vida, esa forma que no tiene neuronas, ADN o cualquier lugar donde almacenar un recuerdo, pues acaba de nacer desde la Nada, sin ninguna experiencia, solamente una Consciencia tan integrada en ella que no puede ser tan siquiera: Consciente de ser. Que le recordará eternamente su procedencia: La Nada, el Vacío, la Inexistencia.
          Es la dicotomía de saber lo que somos, pero tener en ello el origen de nuestros miedos, tratando por ello de encontrar una algo que ser, que nos permita aferrarnos, apoyarnos en nuestras tribulaciones o simplemente ver en algún lugar qué es lo que somos, olvidando que somos ese que ve, ese que siente, ese que percibe lo que creemos ser.
          Hemos llegado a la época del buenismo, cansados de las prohibiciones nacidas de otra época de buenismo anterior. Necesitamos saber que estamos protegidos por las leyes, por las opiniones de los demás, necesitamos que nos digan que es correcto lo que hacemos, lo que pensamos, lo que decimos. Enseñamos a ser positivos, a hablar, pensar y tener buenos sentimientos.
          Pero al igual que las plantas demasiado protegidas, vamos perdiendo la capacidad de respetarnos, de amarnos, de aceptarnos, como somos, como la semilla que tenemos para conseguir lo que queremos ser, sin críticas, sin que podamos dudar de que crecerá lo que nosotros seamos de crear de la semilla.
          Necesitamos que sean los demás los que protejan y cuiden la semilla de nuestro ser. Olvidando que somos esa Nada que un día tomó forma en un lugar desconocido, convertida en una semilla única, primeriza, sin experiencia que creció siendo Universo. Soportando la explosión de su interior, convirtiéndose en polvo, en partículas creadoras de: “Constelaciones, estrellas, planetas, aíre, oscuridad, luz, agua e innumerables formas, todas nacidas de esa semilla de Nada”.
          Luchar contra adversidades es nuestra Naturaleza, pues es en ella de donde procede nuestra evolución.
          En Zen, son los nuevos Maestros los que más fueron castigados en su etapa de discípulos, pues no se trata de aprender unas enseñanzas transmitidas, habladas o escritas, sino de hacerlas crecer en la tierra de nuestro ser lo que hace el Maestro. Porque ser Maestro no es continuar lo aprendido, sino crear lo que somos.
          Es por ello, que la leona arroja de vuelta al abismo a los cachorros una y otra vez, incansable, inmisericorde, cuando están a punto de salir, de nuevo son lanzados al fondo del agujero. Cuando con su último esfuerzo uno de ellos continúa esforzándose por salir de la oscuridad, del abismo donde es arrojado una y otra vez, la leona Madre, sabe con seguridad que ha dado a luz un León. El Maestro sabe con seguridad, que su roar será escuchado, que podrá vivir solitario en lo alto de la montaña, sin nadie que le diga, le enseñe, le ayude, solo en Eterna Soledad, conteniendo en su corazón la totalidad del Universo, sintiendo su renacer en el nuevo Maestro.

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