Existimos en un Universo con miles de
millones de años de antigüedad, en el que nunca han existido dos
individualidades iguales. Cada individualidad, se esfuerza por adaptarse a las
circunstancias de cada ahora, algo que heredarán los descendientes y sobre todo, que mantendrá el equilibrio entre todas las individualidades que integran el
Universo.
No se trata de que el Universo se
adapte a los intereses de la individualidad, sino la adaptación de cada
individualidad para conservar el equilibrio de Todo y sobre todo para que las
próximas individualidades hereden lo conseguido con el esfuerzo de las
individualidades precedentes.
Nuestro esfuerzo por crear sociedades
en las que tengamos los mismos derechos, siendo diferentes, actuando con
motivaciones y deseos diferentes, persiguiendo fines diferentes, sólo es
posible cuando estos derechos tienen como base la letra de la Ley.
Pero no hay ley que pueda juzgar la
intencionalidad de unos hechos o las condiciones, motivaciones y momento en el
que unos hechos son realizados. Es casi imposible, que la ley sea el camino de
establecer Justicia. Lo que lo hace imposible no es que la ley esté mejor o
peor redactada, o que el juez y los abogados traten de responder a la Verdad de
los hechos, sino que la Justicia no puede ser impuesta.
En el Universo en el que nos
reflejamos, no existe el castigo, tampoco hay leyes escritas, hay
funcionamientos que determinan la ley que siguen los hechos y que determinan
las consecuencias. Pero lo que realizamos o cómo usemos el resultado, queda a
nuestra decisión libre, que nos confiere la responsabilidad de lo que esos
hechos repercutan en nuestro Universo particular.
La igualdad entre ciudadanos, entre
hombre y mujer o en cualquier opuesto de las mitades, es un trabajo inútil que
siempre concluirá en confrontaciones y fracasos.
El funcionamiento como individualidad,
dedicándose cada una al bienestar de las demás, el respeto, la hermandad, el
sentir que somos parte de un mismo Universo, es el camino que sin tener que ser
obligados por leyes, conservando nuestra desigualdad individual, nos permitirá
convivir siendo iguales socialmente.
Porque somos iguales: “Siendo cada
individualidad lo que es”, siendo cada una diferente con todas las demás,
cuando el respeto nos permite ser libres para ser lo que somos. Un respeto que
no sólo es obligación de los demás, pues para ser realmente lo que somos el
respeto más necesario es el propio: “Esforzarnos toda nuestra existencia para
manifestar lo que somos realmente, seres humanos, una Humanidad, un Universo”.
Nuestro esfuerzo encaminado hacia el
uso de cuanto nos rodea, para nuestro beneficio individual, tiene como
resultado una sociedad de abusadores, violadores y víctimas.











