No pretendo molestaros

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Yui Shin

sábado, 31 de enero de 2015

DESPERTAR A LA NATURALEZA VERDADERA

Ser como una silla. Por Tangen Harada Roshi
          Este es uno de los escritos o transcripciones que hay de conversaciones de mi Maestro, han  sido traducidas al inglés y yo traduzco desde mis conocimientos de inglés y lo que recuerdo de Él.
          “Cuando tenía 17 años, tuve la fortuna de leer un libro titulado “Inshitsu-roku” del profesor Enryohan, un Escolar notable de la dinastía Ming. Trata sobre la disciplina, que este profesor recopiló para su hijo Tenkei.
          El término “Inshitsu” significa, que todo ha sido decidido, sin que tengamos consciencia de ello. Podríamos decir que las oscilaciones de la fortuna buena o mala que nos acaecen están determinadas, sin que lo sepamos, por nuestras acciones pasadas y su naturaleza.
          Tras leer el libro, comprendí claramente que había un camino que seguir y tome la determinación de recorrerlo.
          Según el libro, el profesor Enryohan, comenzó a creer profundamente en la retribución kármica por medio de un adivino llamado Ko. Posteriormente el Maestro Zen Unkoku, le enseño que el karma era solamente una cara de la moneda. Lo que le llevó a escribir a su hijo Tenkei: "que podemos tomar la responsabilidad de construir nuestra vida". Porque no se trata de vivir plegados a la fortuna, o movidos como las hojas por el viento, sino que con nuestro esfuerzo, podemos llevar el destino hacia donde está nuestra meta, aunque solamente sea un paso más cerca.
          Desde niño, siempre sentí que buscaba algo, rebelándome contra todo en mi juventud. En los años de estudiante, siempre pensé que no se me había dado la oportunidad de saber la razón para vivir.
          Pensaba que los monjes budistas, hablaban de cosas sin sentido, vestían ridículamente, teniendo una vida fácil y confortable, lo que me llevó a que no me importaran. Pero el libro dirigía mi inquietud, hacia lo que siempre había buscado, aún estando escrito por un monje. Siendo que la enseñanza de Inshitsu-roku, no es del budismo sino del confucianismo, es un Maestro Zen quien marca claramente el camino. Cinco años después, el traductor del libro, Harada Sogaku Rosshi, se convertiría en mi Maestro Zen.
          Cuando tenía 18 años, decidí ser como una silla: que no rechaza a nadie, permitiendo a todos sentarse y descansar sus piernas, posteriormente cuando nos levantamos , nadie se lo agradece o le dice palabras bonitas, siendo más frecuente el que sea retirada de una patada. Es más, no murmura, se queja o guarda rencor, simplemente acepta lo que recibe. Cuando alguien necesita descansar, no discrimina, ni mira sus deseos, sino que acoge de corazón a la persona cansada o furiosa, para sentarse o darle una patada. Lo que me llevo a pensar: “Qué maravilloso sería tener un corazón igual”.
          Así que escribí en un papel grande: “Ser como una silla”, y cada día observaba lo que me había acercado, sintiéndome frustrado si a lo largo del día, había tenido: una pequeña insatisfacción o queja, y miraba lo que había ayudado a los demás. Porque un estado mental así, no sería propio de una silla, ella no se retira o se sube encima de quien se quiere sentar.
          Lo importante de este juego, es que poco a poco, fui colocando las necesidades de los demás, delante de las mías. Sin forzarme, de una manera natural, dándome más felicidad que dolor.
          Estando todavía con esta práctica, fui de marcha a una pequeña montaña llamada Kin-poku de Jukkoku Pass en Yugawara. Mientras ascendía, solamente podía pensar sobre mi egoismo. Durante los treinta minutos de ascenso, sumido en lágrimas, solamente podía repetir, arrepintiéndome profundamente: “No soy bueno, No soy bueno”.
          En esos tiempos sin conocimientos de budismo, vi a lo largo del camino bastantes figuras de Kannon, lo que me hizo suponer que una gran estatua que había en la cima sería de Shakyamuni Buda, hoy en día seguro que la reconocería, pero entonces no sabía ni tan siquiera cómo honrarle. Al haber memorizado las reglas del colegio del profesor Shoin Yoshida, comencé a cantarlas desde el fondo de mi alma, entrando en un estado mental más puro.
          Llegué al otro lado de la montaña, cortada en precipicio, al haberse formado un valle. Más allá del valle se extendía el océano Pacífico, a un lado podía ver, las colinas de la península de Izu. Extasiado por la vista, el viento me acariciaba desde el fondo del valle y sentí como si mi ser estuviese creciendo y creciendo.
          Ahora, podríamos decir que experimente la unidad y que era protegido, por todo, la grandeza de la vida que me había sido confiada. Sintiéndome seguro y grande, grité mi nombre varias veces, al viento.
          Sin poder contener mi excitación, bajé corriendo apenas en un soplo, el sendero de montaña, hasta la estación de Atami. Si hubiese tropezado, probablemente habrían pensado que me había suicidado, al no conocer mi estado mental.
          Durante un tiempo, todo me parecía más brillante y luminoso, y el mundo cambió para ser más amado y protector. Sentí que la vida y yo éramos uno. Todavía no sabía nada de Zazen, pero los muros que me aprisionaban habían comenzado a derrumbarse. Sentía, como si pudiera comunicarme con la vida, a mi alrededor.
          Movido por este sentimiento de gratitud, queriendo dedicar mi vida a devolver cuanto había recibido, al estar en tiempos de guerra, me alisté, para ayudar a mi país, a mis conciudadanos. Estaba dispuesto a entregar mi vida, a morir, por los demás. A pesar de encontrarme en situaciones peligrosas, ser prisionero de guerra, misteriosamente escapé indemne apenas por un suspiro.
          Desde entonces sin esperar reconocimiento o agradecimiento por mis acciones, sentí que debía poner todo mi esfuerzo en lo que debía de hacer. En 1946, entré en la práctica del Zen y en 1949, me ordené monje, con mi Maestro Harada Sogaku.

          Esta es una conversación de mi Maestro, a la hora del té. ¿Qué puede enseñar alguien, que toda su ambición es ser una silla?
          Más que una silla se hizo sofá, donde los corazones, las almas y el espíritu de los cansados caminantes, recuperaron fuerzas y deseos, de continuar escalando por los senderos de la pequeña colina del Zen. Un simple y poco valioso lugar donde posar nuestro culo, en el que solamente una silla, puede ver la Vida, puede aceptarlo con amor, puede permitir con su entrega, que el Zen que hay en él pueda manifestarse, igual que el del mismo Buda.


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