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Nunca tenemos
la mente: donde estamos, en lo que estamos haciendo, menos aún en lo que
estamos viviendo, ni en lo que somos, ni en lo que tenemos. Generalmente está
en un limbo de futuras bendiciones, soluciones a los problemas, o peor aún nos
hemos cargado con un negro futuro sin esperanza o bien podemos tenerla en un
pasado que nos hizo sufrir o felices, que nos impedirá vivir el presente, el
aquí de donde están los pies. Esto hace que nuestra cabeza continuamente esté
tirando de todo el cuerpo para llegar a un sitio donde nunca llegaremos: “allí, mañana, lo que necesitamos, lo que
queremos, salir de aquí, …”.
La postura de
mirarse el ombligo, es igualmente perjudicial para la espalda, no solamente por
el peso de la cabeza en dicha postura, sino porque vamos cargados con la
culpabilidad de los demás y nuestra inocencia o verdad absoluta. ¿Cómo poder
vivir, sabiendo que la culpa de todos nuestros males, propios y ajenos, es de
los demás?, que nunca podremos hacer todo el bien que podemos porque no nos lo
permitirán las malévolas mentes conspiradoras del resto del Universo.
Son dos maneras de vivir que tienen
como consecuencia, ir cargados con el peso no de nuestra vida, sino con todo el
pasado, el futuro, y la culpabilidad de los demás, una lucha incruenta que es
pagada por la pobre espalda que justamente pasaba por allí.
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