No pretendo molestaros

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Yui Shin

viernes, 1 de abril de 2016

“LA FLOR DE LA ETERNA FELICIDAD”.


Vivimos tanto, en lo que nuestra mente nos dice, nuestro enjuiciamiento de las circunstancias, nuestro prejuzgar automático, que difícilmente podemos encontrar la felicidad. Unas veces es el esperar el cumplimiento de nuestros deseos, otras que se realice el objeto de nuestro actuar, otras es que preconcebimos los resultados de lo que acaece.
          Vivir en el Ahora, es la aceptación de lo que está sucediendo, sin deseo de cambiarlo. Es algo que va a suceder con toda seguridad, que lo que estamos haciendo, que cuanto existe en este ahora, se transformará y cambiará a otro nuevo. La aceptación de cuanto hay y sucede ahora, el saberlo suficiente, nos hace vivir con la confianza de que mañana, será lo que nosotros hallamos creado, no lo que deseamos o creemos.
          La aceptación nos permite también, confiar en que lo que tenemos, de alguna manera es lo que tenemos que tener, que nunca nos faltará, ni nos sobrará nada si hemos hecho lo correcto, porque lo que tenemos es el fruto de lo que hemos hecho y la semilla de lo que tendremos mañana. Todo dependerá de cómo, cuidemos la semilla, del lugar que elijamos para sembrarla, de la propia vida y de la semilla, que solamente sabe que siendo semilla, su aceptación es ser planta, ser fruto, simplemente siendo semilla.
          Una historia antigua, nos habla acerca de la actitud de vivir, de cómo la aceptación, independientemente de los frutos, nos permite vivir con felicidad. Esta historia, es parecida en el fondo al padre cuyo hijo se cae del caballo y se rompe la pierna, la aceptación de lo que hay, sabiendo que el fruto depende de uno mismo. La aceptación, de que lo que tenemos, es la felicidad de saber que: “Es Suficiente, para Ahora”.

PRE-JUICIOS.-  En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban, porque poseía un hermoso caballo blanco. Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: “Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?”. Era un hombre pobre, pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: “Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Ah! ¡Qué desgracia!”.
“No vayáis tan lejos” (dijo el viejo) “Simplemente, decid que el caballo no está en el establo. Esta es la realidad, todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, no lo sé, porque esto apenas es una circunstancia aislada. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?”. La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco.
Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo eso sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.

          A veces nos parece, que la importancia de la historia radica, en que al final hemos ganado, que la vida siempre nos dará algo mejor. Lo que nos llevaría al mismo error, de prejuzgar, o pensar en lo negativo o positivo del cumplimiento de nuestros deseos.
          A veces es el cuidar el caballo del ego el que al final, se va de paseo y nos da buenos resultados, otras es el de la ambición, o el hacer el bien para obtener unos resultados deseados, incluso el del Edén o la buena vida. Donde no encontraremos Felicidad, aunque la alegría de tener, nos lo haga creer.
          El hombre pobre, no era pobre: tenía el amor por y de su caballo blanco, se hacían compañía, se amaban y eran felices, porque tenían suficiente. La aceptación de tener suficiente, no provenía ni tan siquiera de tenerse el uno al otro, porque ambos vivían en la soledad de sentirse uno en su amor. Un día el caballo decide irse, pero el anciano no siente que haya perdido nada, sigue siendo igual de rico que antes, por seguir teniendo suficiente. Nunca ha poseído al caballo, por lo que no ha perdido nada, nada se ha ido porque su amor y él siguen intactos. La gente echa de menos al caballo, los reyes que querían comprarlo sufren la pérdida y la desaparición de lo que querían poseer. Tienen el mismo dinero y más que si hubiesen comprado el caballo, pero se sumen en la pobreza de no poder comprarlo, al faltarles lo más deseado. Porque el Anciano, no poseía y era pobre según los demás. Los demás eran pobres hombres, pobres gentes, pobres reyes, independientemente de lo que tuviesen. El no tener, te hace pobre para los demás, ser un pobre hombre es por tu espíritu, sin importar las riquezas.
          Los reyes y la gente del pueblo, se alegraron, del retorno del caballo blanco, acompañado de la docena de caballos salvajes. El viejo pobre, no había conseguido nada, pues en su aparente conformismo, aceptando lo que la vida le entregaba en cada momento, siguió poseyendo solamente su responsabilidad y el amor por cuanto vivía con él, sin importarle qué o cuanto. Él nunca amó al caballo blanco por su hermosura o por buen caballo, simplemente era una persona llena de amor, que amaba a cuanto llegaba y lo seguía amando cuando se iba.

          Nada se pierde para quien no posee nada, nada gana el que no posee. En la aceptación está la riqueza y también la pobreza, porque aceptar es sin discriminación. Aceptar es tener suficiente, el único lugar donde crece la flor más buscada, “la Flor de la Eterna Felicidad”.


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