Lo que si
sé, es que en los pequeños huecos que había dejado y logrado realizar con esfuerzo mi Maestro, a veces se asomaba la suave
luz de la Vida, por lo que estaré eternamente agradecido a su esfuerzo y
dedicación.
Un día nos
estaba hablando de Ryōkan, un monje japonés que vivía en una pequeña ermita de
unos ocho metros cuadrados, en la que la lluvia y el viento paseaban a través
de su tejado y paredes, entrando al interior por los innumerables agujeros que
el tiempo había dibujado en ellos. Un día al regresar, encontró que alguien se
había llevado todo cuanto en ella había: colchoneta, una muda de ropa, el poco
arroz que los lugareños le habían dado y poco más.















